jueves, 25 de mayo de 2017

Tributo a Shin Megami Tensei 4



Adramelech disparó y Nanashi no pudo hacer nada para evitar el ataque. Asahi chilló de terror. El ataque le golpeó, y, al principio, no notó nada demasiado fuera de lo habitual. Una rosa de sangre empezó a florecerle en el pecho, bajo el mono que vestía. Su cuerpo flaqueó, como el de un enfermo, sin fuerza. No podía respirar, le faltaba el aire; era como si sus pulmones ya no trabajasen y estaba intentando respirar desesperadamente por la boca. Notó la garganta llena y se atragantó. Le dieron arcadas y, con un acto reflejo, se tapó la boca con su mano izquierda. Luego tosió con violencia y la sangre se escapó de su boca y de entre sus dedos, llegando hasta el asfalto. “Esto no está pasando...”, murmuró Asahi con el rostro descompuesto, “Nanashi...”. Fue entonces cuando al fin reaccionó. Alejó poco a poco la mano de la boca y y miró la palma completamente roja. Se estaba muriendo. La vista se le estaba nublando por la falta de oxígeno y ya casi no se sostenía en pie. “¡Nanashi!” gritó Asahi. Finalmente, sus ojos se apagaron mientras lo último que vio fue a Asahi, lanzándose a sus brazos, con los ojos llenos de lágrimas.

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Adramelech fired and Nanashi couldn't do anything to prevent the attack. Asahi yelled in terror. The attack hitted, and, at the beginning, he didn't feel anything unusual. A blood rose began to blossom in his chest, under the jumpsuit he wore. His body faltered, like when sick, without strength. He couldn't breathe, he was lacking air; like if his lungs stopped to work and was trying to desperately breathe through the mouth. He felt his throat full and chocked. He was about to puck and, with a reflex, he covered his mouth with his left hand. Then, he violently coughed and the blood spilled through his fingers, reaching the pavement. “This is not happening...” murmured Asahi with a sick face, “Nanashi...”. At that moment, he finally reacted. He slowly moved away his hand from his mouth and saw his blood-filled palm. He was dying. His sihgt was getting cloudy due the lack of oxigen and he was barely standing. “¡Nanashi!” yelled Asahi. Finally, his eyes were fading away while the last thing he saw was Asahi leapping on his arms, in tears.

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miércoles, 1 de abril de 2015

Deedlit


"Podría escribir líneas y líneas de texto describiendo la gran belleza de la heroína Deedlit y de sus grandes hazañas en nuestro turbulento pasado, pero no lo haré. Muchas leyendas y canciones ya hablan de ello y sólo estaría aburriéndoos con más idealizada adulación. Así pues, me dedicaré a recordar otras facetas de esta elfa que marcó un antes y un después en su era.

Deedlit fue una alta elfa que a la joven edad de 160 años se atrevió a salir de su hogar el bosque sin retorno. Era la última esperanza de su raza que, a pesar de ser longeva, estaba encerrada y aislada de las demás. Conoció a nuestro más grande y glorioso héroe, Parn, y vio en él al “árbol de la verdad” o la salvación de su pueblo, aunque muchos dirán que era la forma sutil que tenía una elfa tan joven de decir que estaba enamorada. Parn, por su lado, vio en sus ojos como esmeraldas la auténtica tristeza de una raza condenada a su extinción.


Este cuadro nos muestra una de las mejores representaciones de la elfa que existen. Aunque no se puede apreciar más que algo tan superficial como la carne, el autor hizo un trabajo excepcional. La única pena es que el autor no supo plasmar su auténtica belleza, su esencia, que, según el propio Parn, se hallaba escondida en su sonrisa.”

jueves, 24 de abril de 2014

Cazadores de monstruos

En un mundo donde el hombre se ve superado por la naturaleza, donde es el hombre quien lucha para no ser arrasado, la flora y fauna de dimensiones colosales reinan majestuosamente sobre el mundo conocido. Los hombres llamaron a los animales “monstruos” debido al miedo que en ellos originaba la presencia de aquellas criaturas titánicas. Los monstruos cazaban a los humanos, se alimentaban de ellos; el humano era uno de los últimos eslabones de la cadena alimenticia y, al borde de la extinción, se sintieron pequeños e impotentes.

No obstante, su instinto de supervivencia prevaleció sobre sus miedos y pronto empezaron a pensar formas de enfrentarse a aquellos colosos. Su fuerza era inferior a la de cualquier otra criatura, pero tenían algo que les hacía únicos: su capacidad de raciocinio. Llegaron a la conclusión de que, si aquellas bestias podían herirse entre ellas, su mejor baza sería fabricar armas y armaduras basadas en las ventajas biológicas de cada monstruo. Así, de los cadáveres de monstruos que fueron encontrando, comenzaron a fabricar armas y armaduras hechas de garras, colmillos, pieles y escamas.

Pronto, se dieron cuenta de que cualquier persona no sería apta para empuñar y vestir aquellas desproporcionadas armas y armaduras. Fruto de los años y del entrenamiento físico y psicológico, el hombre dio un paso más allá en la evolución y nacieron los denominados “cazadores de monstruos”. Los cazadores de monstruos eran hombres y mujeres tenaces, fuertes, ágiles y con un gran espíritu de superación; también se les llegó a llamar “superhombres”.


Pero igual que los humanos tenían a los cazadores de monstruos como guerreros de élite, la naturaleza también contaba con sus depredadores de élite: los dragones. Los humanos consiguieron sobrevivir gracias a los cazadores de monstruos y fueron prosperando lenta pero fírmemente, aunque la sombra que les acechaba era mucho más grande de lo que jamás pudieron imaginar...  

miércoles, 9 de abril de 2014

El prosista

Cuando empezó a escribir su relato, pensó en la farmacéutica que le había despachado hacía un momento. Pensaba en ella. Tenía unas facciones delicadas y suaves, aterciopeladas, mientras que su figura parecía haber sido moldeada por manos lujuriosas. Poseía unos atributos femeninos excepcionales; pechos firmes, sin que tuviesen un tamaño demasiado exagerado e incómodo, y unas caderas anchas que hacían que la silueta de sus nalgas fuese una curva pronunciada. Recordaba mientras escribía la sonrisa entre dulce y pícara que le había parecido que le dedicaba en un par de ocasiones, mientras le atendía. También en su boca y en sus labios, los cuales le hubiesen gustado besar… O quizá más bien lamer. Cuanto más pensaba en ella, más entendía lo que sentía por aquella mujer. Un ardor interior, que tenía su origen cerca de la entrepierna, se extendía por él cada vez más y más rápido cuanto más pensaba en ella. De hecho, ya no podía pensar bien por culpa de la excitación.

La farmacéutica era la dueña de sus pensamientos desde hacía ya unos días, desde que la vio por primera vez. Cuando intentaba escribir sobre ella, siempre acababa todo en un bloqueo y en la subsiguiente erección. Cada vez era más urgente. Escribir sobre ella había pasado de ser un capricho a ser una necesidad. Necesitaba escribir sobre ella para poder así librar su mente de las cadenas lascivas. Últimamente la observaba secretamente, desde la calle a través del escaparate. Esperaba encontrar algo, lo que fuese, cualquier signo que le devolviese la inspiración... O que la mujer mostrase un rasgo feo, que le desagradase, o incluso que le repugnase tal vez. No hubo suerte.

Habían pasado ya unas semanas. La masturbación había pasado a ser la única forma de saciar su apetito sexual (a falta de una buena pareja, se entiende). Una noche, de repente (como casi siempre que se tiene una buena idea), se le ocurrió algo para poder escribir sobre ella. El bloqueo siempre venía cuando pensaba en ella, así que decidió intercambiar roles. Ahora, él sería una especie de farmacéutico seductor mientras que la mujer sería una cualquiera, alguien a quien poder tener dominado en aquella ficción. La idea le gusto mucho, así que se puso a trabajar enseguida. No tardo mucho en montar la historia. Casi salía sola. La boticaria era ahora una mujer cualquiera (con sus atributos intactos, por supuesto) que tenia un trabajo cualquiera. No. Mejor aún; no tenía trabajo fijo, como él. Iba probando de trabajo en trabajo con la esperanza de encontrar la ocupación ideal: bien pagada y haciendo algo que no le desagradase. Hasta que un día entra en la farmacia para comprar un medicamento que le diagnosticaron a raíz de un accidente en uno de sus trabajos. Sí. Justo como él conoció a la farmacéutica. Y entonces allí conoce a un farmacéutico muy atractivo, que despierta un gran interés sexual en ella. Entonces, al llegar a casa, ella abriría la caja del medicamento y encontraría, en vez de un prospecto, un papelillo enrollado con una bonita prosa que la invitaría a lo que ella deseaba: sexo. Ella acudiría a él deseosa y el la dejaría satisfecha en la trastienda de la farmacia, por la noche, durante una guardia. La historia era perfecta, pero ocurrió algo inesperado. Después de escribir el relato, lejos de librarse de la poderosa libido que poseía, su pene seguía erecto y además sentía un fuerte dolor en los genitales. Era hora de acudir a la farmacia de guardia.

-Hola, venía a por un remedio contra el dolor.
-¿Qué tipo de dolor es? -pregunto la irresistible farmacóloga- ¿Muscular, tal vez?
-Creo que si. Por favor, consulte la receta -dijo el prosista mientras ofrecía un trozo de papel bien plegado que previamente se había esmerado en buscar en su chupa.
A la farmacéutica le pareció extraño: ese no era el tipo de papel de las recetas. Parecía más bien un folio cualquiera, plegado. No obstante, no dijo nada. Se limitó a desplegar el papel y leer la “receta”. Cuando acabó, ligeramente aturdida y desorientada, dirigió su mirada al hombre que le había hecho entrega de la hoja. Ahora entendía el tipo de “dolor muscular” que padecía. Él mantenía una actitud seria y tensa y ella, con tal de quitar tensión al asunto, le dedico una sonrisa y le dijo: “por favor, pase a la trastienda. Buscaremos el remedio para su “dolor muscular””.

sábado, 5 de abril de 2014

El Whisky

Cuando entré, Griffin resultó ser un remanso de paz. La música jazz sonaba de fondo. Resultaba muy relajante. Con una mezcla entre vergüenza y miedo, me adentré más y más al fondo de aquel pub estrecho, pero hondo. Llegué a unos sofás aterciopelados y observé un pequeño escenario. En él, unos músicos tocaban sus instrumentos, en directo, creando el hilo musical que había escuchado al entrar. Hipnotizado, me senté alejado de los demás espectadores, observé y escuché a los músicos obrar su magia.

Una mujer se acercó y me preguntó qué iba a tomar. Miré la carta de bebidas. En ella, sólo había una gran variedad de cervezas y bebidas alcohólicas. No me decidía. La mujer me miraba expectante, con las cejas levantadas. “Póngame una Coca...”. Paré en seco. ¿Qué estaba haciendo? Estaba en un pub debía tomar algo de adultos. Miré la carta de bebidas de nuevo. Whisky, identifiqué entre las múltiples bebidas. Una serie de imágenes me vinieron a la mente: tipos duros en las barras de bares de mala muerte pidiendo la bebida más fuerte, la cual acababa siendo un whisky añejo; viejos detectives en el sofá de su casa sirviéndose un trago de su mejor whisky... “Yo ya soy un tipo duro”, pensé, “tengo 18 años”. Pedí un whisky a la camarera y ella me preguntó qué clase de whisky quería. En ese momento, me delaté: no tenía ni idea de qué tipos de whisky existían. Mi inmadurez me hizo decir: “El más fuerte”, como en las películas.

Al cabo de unos minutos, la camarera regresó y me sirvió el whisky. Ante mi tenía aquella bebida alcohólica tan famosa y tan fuerte. Ya no podía echarme atrás; tenía que bebérmelo. Lo miré. Tenía un color marrón claro, muy claro, ambarino. Cogí el vaso. Veía poca cantidad de whisky y mucho hielo. El vaso estaba helado. Lo acerqué a mi boca. Desprendía un olor parecido a la madera húmeda, como a bosque, con la brisa matinal después de una noche lluviosa. Finalmente, vertí el líquido en mi boca. Demasiado. El sabor amargo me llenó la boca. Me entraron ganas de escupirlo, pero no podía hacer eso. Cuanto más lo mantenía en la boca, peor. Con esfuerzo, logre pasar el trago por la garganta. Unos segundos después noté como me ardía el cuello y el pecho, por dentro. Dejé el vaso sobre la mesa y lo miré. Seguí mirando y escuchando a los músicos tocar y, cuando de nuevo tuve sed, miré el vaso. “Mejor espero a que el hielo se deshaga y se diluya un poco con el whisky”, me dije a mi mismo. Sonreí. “Supongo que en la vida no todo es como en las películas”.

viernes, 28 de marzo de 2014

Cazadores nocturnos

En la oscuridad de la noche, una figura vagaba por el corazón de un antiguo bosque. La luz de la luna se filtraba entre las hojas de los enormes árboles ancianos que lo poblaban. El silencio era sepulcral, y sólo se rompía a cada paso del viajero nocturno. El sonido metálico de cada paso junto a los leves destellos plateados que desprendía la misteriosa silueta, delataban que el extraño portaba armadura. Grebas, peto, brazales y yelmo de raído metal se mezclaban con los tonos pardos de cinturón, guantes y faltriqueras. También llevaba una veste por encima del peto de color azul oscuro, con filigranas doradas en los bordes, y una bufanda marrón de tela fina algo desgarrada y gastada. Entre la veste y el pantalón de lino oscuro, asomaba un trozo de cota de malla. A la cintura portaba una espada de mano y media en su vaina de madera, aunque su hoja era mas ancha de lo habitual. A la espalda, una escudo suizo de metal pulido, oscuro, con la figura de una dragón plateado grabado en él.

De repente, el guerrero paró su marcha. Escuchaba un extraño sonido siseante a su alrededor, entre los árboles, entre la maleza... El sonido se movía rápido, de un lado a otro, y obligó al desconocido a desenvainar, tomar su escudo y adoptar una actitud defensiva. De repente y tras un breve instante de silencio, algo golpeó al extraño en el costado derecho derribándole. La espada se le desprendió de su mano derecha. No así su escudo, pues la agarradera le abarcaba todo el antebrazo. Intentó recuperarse del impacto lo más raudo que pudo, y cuando alzó la vista advirtió cual había sido el objeto del choque. Un rostro de mujer hermoso le observaba con mirada esmeralda. Por un instante quedó embelesado por esos ojos y aquella boca escarlata rodeada de piel pálida. La mujer sonrió. No fue una sonrisa amable, tierna o dulce; fue una sonrisa de pura maldad. Tumbado aún en el suelo, el guerrero se impulsó con todas sus fuerzas para incorporarse lo más rápidamente que le fue posible. La mujer se movió con celeridad antinatural y pareció desaparecer ante sus ojos. Instintivamente, alzó su escudo lo necesario para cubrirse el torso y tensó los músculos. Sus instintos no le fallaron. Una nueva colisión le azotó, pero esta vez estaba preparado y el escudo absorbió el golpe, no sin romperle la guardia. A través de la rejilla del visor del yelmo pudo observar a su enemigo, esta vez de forma completa. No era una mujer. Al menos no era una mujer humana. Lo que se mostró ante él era una abominación. La mitad superior de la criatura era una mujer bella, desnuda, de pelo largo oscuro hasta la cintura. La parte inferior era el propio de una serpiente. El extraño entonces entendió que se enfrentaba a un monstruo: una Naga.

Pensó que tenía que coger su espada o se encontraría en serios problemas. La Naga miró entonces al suelo, al lugar donde había aterrizado la espada, y, con unos rápidos movimientos de sus músculos ventrales serpentinos, se desplazó en un instante donde se encontraba la espada. La cogió y la lanzo lejos, con la fuerza impropia de una mujer. El guerrero se hallaba ahora indefenso. Lejos de mostrar una actitud medrosa, se abalanzó contra su inhumano enemigo. La Naga abrió la boca dejando ver su auténtico rostro deformado y monstruoso, junto a sus tremendos colmillos y profirió un potente grito, tras el cual los dedos de su delicada mano se tornaron garras. El extraño no vaciló. Se dirigía a la carrera contra la abominación. Cuando llegó frente a ella, ésta intentó agarrar del cuello al hombre, pero lo pudo esquivar a tiempo agachando la cabeza, tras el cual movió el brazo izquierdo hacia delante propinando un fuerte golpe con el escudo en el rostro de la monstruosidad. La cabeza de la Naga sufrió el impacto dejándola brevemente aturdida. El guerrero no perdió el tiempo. Tras el golpe, recogió de nuevo su brazo izquierdo y lo puso sobre su hombro derecho para asestar un nuevo golpe de escudo con el brazo describiendo un largo arco en el aire, resultando en un golpe mucho más contundente. El hombre se dio cuenta de que la carne y la piel del monstruo eran más duros y resistentes que los de un humano normal. Sin dejar tiempo a la Naga para que se recuperase del tremendo golpe, apretó su puño derecho y, con un giro de cadera, proyectó su puño a la mandíbula de su contrincante, resultando en un impacto demoledor que hizo caer a la criatura. Ahora, su enemigo yacía en el suelo, semiconsciente.

Tenía que pensar rápido. Pensó en ir a buscar su hoja, pero no tenía tiempo y le resultaría muy difícil encontrarla en la oscuridad. Tubo una idea. Las Naga eran unos monstruo del tipo humanoide, es decir, con apéndices o estructura semejante a las de un humano. Su funcionamiento orgánico o sanguíneo no debería distar demasiado del de un humano normal. Quizá fuese más resistente pero vulnerable por los mismos puntos.

El guerrero se abalanzó sobre su enemiga y, tras un breve forcejeo, logró ponerla boca abajo. Aguantó con las rodillas los brazos del monstruo para poder inmovilizarla, mientras se sentaba sobre su espalda. Con las manos al fin libres le cogió de la larga cabellera y tiró de ella mientras la parte inferior de su cuerpo se retorcía inútilmente. La fuerza de la bestia era considerable, y, por el forcejeo, no pudo tirar de la cabeza para romperle el cuello. Visto esto, el hombre prefirió así usar la fuerza de su rival en su favor, y de repente empujó la cabeza hacia delante con todas sus fuerzas, resultando en un golpe muy contundente sobre el la tierra. La criatura empezó a expulsar sangre por la boca. El guerrero no paró. Siguió golpeando la cabeza del monstruo contra el suelo. Una y otra vez. La criatura acabó demasiado débil como para seguir oponiendo resistencia. Cuando estuvo lo suficientemente vulnerable, el extraño retiró el escudo de su antebrazo y lo sostuvo firmemente con ambas manos por la parte superior. Lo sostuvo por encima de su cabeza y apuntó con la parte inferior del escudo, acababa en punta, a la nuca de la indefensa Naga. Bajó el escudo con todas sus fuerzas y la punta aterrizó en su cuello, justo donde se encuentra la arteria aorta. La criatura gritó. El primer golpe no hizo más que una pequeña herida, pues la punta no estaba suficientemente afilada como para cortar, pero ello no hizo que éstos cesaran. Siguió. La herida, con cada golpe, se hacía cada vez más grande. La sangre no paraba de brotar con furia. Los gritos eran cada vez más desesperados. Siguió. El entonces pequeño agujero en la carne era ya una gran herida. Ya se distinguían venas, arterias e incluso cervicales. No paró. Cada vez estaba más cansado, pero una ira asesina se había apoderado de él. Tocó hueso y siguió atacando con más cólera. La sangre había formado ya un gran charco, y el guerrero tenía gran parte de la armadura, guantes y veste salpicados de sangre. Siguió con notables signos de agotamiento, pero siguió.

Paró cuando el escudo aterrizó sobre la tierra. Había cercenado por completo la cabeza del monstruo. Tiró el escudo y dejó muertos los brazos. Miró hacia el cielo estrellado,  y descansó con los ojos cerrados, exhausto. Cuando recuperó fuerzas recogió el escudo y fue a buscar la espada, lo cual le ocupó bastante tiempo. Cuando volvió donde la Naga yacía muerta, sacó del cinturón un cuchillo de desuello y comenzó a desollar la parte inferior de la criatura.

Tan concentrado estaba con el desuello que no percibió el sonido siseante que le rodeaba. Cada vez se escuchaba más; cada vez estaba más cerca. Hasta que paró en seco. Reaccionó demasiado tarde; cuando alzó la vista lo único que pudo ver fueron unos rostros de mujeres con miradas y sonrisas lascivas que le rodeaban. Y unas delicadas manos se posaron con suavidad sobre su cuello, antes de que las garras rasgaran su carne y le partiesen el cuello.

martes, 25 de marzo de 2014

Lufia

Cuando Maxim era pequeño, una niña llegó a su pueblo. Era de su misma edad, guapa, aunque nunca hablaba de si misma ni de cómo había llegado allí. Esa niña tan solo dijo su nombre: Lufia. Nada más. La adoptó el mismo hombre que a Maxim y no tardaron en ser amigos. Y el tiempo pasó y crecieron juntos. Pero un buen día, la noticia de que los Siniestros habían vuelto sacudió el alma de Maxim. Negándose a permanecer de brazos cruzados, Maxim decide emprender su viaje para acabar con los Siniestros.

—¡Espera, Maxim! — dijo una voz delicada, demasiado familiar para él.
—¿Lufia? —preguntó susurrando al viento antes de girarse.
Justo lo que él no quería: Lufia había venido a despedirse de él. La sola idea de la despedida hacía que se le formase un nudo en la garganta.
—Vas a marcharte, ¿verdad? A una aventura peligrosa… —la mirada triste en Lufia delataba su preocupación.
—Si.
—Incluso si te dijera que no fueses, irías de todas maneras —afirmó con los ojos clavados en los de Maxim.
—¿Lo sabes todo o que? Tienes razón. Me voy, debo irme.
—No te detendré, pero… ¡llévame contigo!
Maxim se giró y le dio la espalda. Cerró los ojos con fuerza, de rabia y dolor.
—No puedo —dijo cuando pudo.
—Sabía que dirías eso, pero sigo queriendo ir.
—¡No! —la sola idea de ponerla en peligro hacía que le temblase el corazón.
—Por favor, yo…
—¡Nunca, Lufia! —le gritó cuando se giró y le miró a los ojos.
—¡Eres tan obstinado…! Bien. Aunque me digas que no, pienso ir contigo. No aceptaré un no por respuesta. ¡Además, aún estoy enfadada por querer irte sin despedirte de mí!
—¿Estas enfadada por eso? No me importa. ¿Quieres venir? Bien. ¡Haz lo que quieras,  pero no me culpes si te pasa algo malo!
—Me parece bien, no necesito tu ayuda. Se cuidarme sola.
—Muy valiente eres… ¡Ja! Ya veremos.
Las palabras de Maxim eran esas, pero en su interior rezaba a alguna deidad para que, finalmente, Lufia no le siguiera. Emprendió la marcha.

Minutos después, Maxim se resignó. Lufia le había estado siguiendo en silencio. Estaba muy rezagada; no estaba acostumbrada a su ritmo por esos caminos. A pesar de su descontento y enfado inicial, lo cierto es que ahora sentía un extraño alivio al tenerla cerca.

Lufia no estaba dispuesta a dejarlo marchar. Era demasiado importante para ella como para perderlo. Él lo era todo: su familia, su amigo... Su amor.

—Maxim, yo… ¿Ya no te caigo bien, verdad? No te gusto...  —De repente su expresión se volvió triste. Maxim miró al suelo algo avergonzado—. Soy una quejica y encima tengo mal genio. No hay duda, te has cansado de mí.
—Si eso fuese cierto, Lufia, me hubiese cansado de ti hace ya mucho tiempo.—dijo mientras sonreía—. ¿No crees?
—Maxim...
Lufia sintió las fuertes manos de aquel joven cogiéndole por los hombros, delicadamente, en un gesto consolador.
—Lufia, nos esperan muchos peligros. Creo que podré protegerme, pero no se si podré protegerte a ti también. Por favor, entiéndelo. Entiéndeme.
—No, no lo entiendo —dijo apartándole la mirada.
—¿Por qué no me escuchas?
—¡Sea cual sea el peligro que nos aguarda, no tengo miedo! —dijo ella con una mirada que penetraba al alma.
—¿Pero que dices, Lufia? Yo…
—No importa lo que pase. Tú me protegerás, ¿no es así?
—Bueno… Si… —dijo apartando la mirada con vergüenza.
Lufia le cogió de las mejillas delicadamente, obligándole a mirarla.
—Por favor, déjame ir contigo. ¡Prometo hacerlo lo mejor que pueda!
Silencio.
—Puede que mueras… —dijo Maxim mientras un escalofrío le recorría la espalda.
—No moriré.
—¿¡Cómo puedes decir eso!? ¿¡Cómo puedes estar tan segura!?
—Pues porque… —dijo mientras cerraba los ojos y sonreía—. Si estas conmigo, no moriré. Lo sé.
—Siempre tienes que salirte con la tuya, ¿eh?
—¿Te das cuenta de eso a estas alturas?
—Lo he sabido desde siempre. ¡Ha, ha, ha, ha!
—¿Por qué te ríes así? ¿¡A qué viene esa risa tan forzada!?
—¡Porque sabia que esto acabaría así!
—Yo también...
Ambos rieron a carcajadas. Pensando en lo peligros que acechaban más allá del camino y los Siniestros, Maxim deseó que el mundo se detuviese en ese preciso instante.
—Lufia, yo… —se decidió finalmente.
—Prométemelo, Maxim., prométeme que nunca te irás de mi lado, que nunca me dejarás. —dijo muy seria, de repente
—Te lo juro.
—Era todo cuanto necesitaba escuchar.
La sonrisa en el rostro de Lufia hablaba por si sola.
—Y ahora… Vayámonos, Lufia.
—Si, Maxim. ¡Hasta el fin del mundo!